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lunes, 21 de septiembre de 2020

Calidad, Criterio y Coste (por Antonio Solé Cabanes)


En este artículo, voy a desarrollar una circunstancia, que se me ha planteado de forma recurrente, a lo largo de mi actividad profesional dentro del sector textil moda.

Es habitual, cuando se trabaja con la Administración o grandes plataformas de distribución, y también entre diferentes departamentos de una misma empresa, definir los requisitos de “calidad” a cumplir por los productos textiles suministrados. De hecho, así debe ser. Podemos identificar en este punto, tanto al cliente externo como al interno.

Estos requisitos, se suelen plasmar en los denominados pliegos de condiciones o requisitos técnicos (de calidad), a cumplir por el producto suministrado. En este caso concreto, me voy a centrar en un tejido, como producto suministrado por el correspondiente proveedor a su cliente

La circunstancia que quiero plantear, se refiere a ¿cómo actuar ante un incumplimiento de un requisito, cuando éste no es “crítico”?.


Me explicaré, ¿qué acciones debemos abordar, ante este tipo de “incumplimientos”? Por supuesto, teniendo siempre en cuenta, las consecuencias y costes tanto de la aceptación como del rechazo del producto en cuestión. Y también, conociendo suficientemente cuando es o no crítico un incumplimiento (en muchas ocasiones se desconoce, por falta de formación y/o experiencia).

Voy a poner un ejemplo, para entender mejor esta situación, el ejemplo está basado en casos reales vividos a lo largo de mi desarrollo profesional, en el sector textil moda:

Supongamos que, una especificación de compra como es la solidez al frote en húmedo del color al que está teñido el tejido, se pide sea de 4. Los análisis realizados sobre este tejido, arrojan un valor de 3/4 (la escala de valoración va de 1 muy deficiente a 5 excelente). Es evidente, que el tejido NO CUMPLE con la especificación o requisito de calidad demandado por el cliente.

Para entenderlo mejor, la solidez al frote, se valora mediante la realización de una serie de fricciones con un tejido de algodón blanco, sobre el tejido coloreado a analizar, y determinar la “intensidad de manchado” del testigo blanco por el color del tejido que se está analizando. Siempre, bajo las condiciones de la correspondiente norma (que no cito en este ejemplo). Es evidente que, las consecuencias reales de este “incumplimiento”, entre la aceptación o el rechazo del tejido, van a ser prácticamente imperceptibles y por tanto, irrelevantes. Si “malo” es el valor 3/4, “malo” es el valor 4. En definitiva, prácticamente representan el mismo resultado y, por tanto, también prácticamente, las mismas consecuencias finales, las cuales no son necesariamente negativas.

Dicho todo lo anterior, vamos a lo que realmente interesa resaltar en este artículo. Para ello, voy a lanzar una serie de preguntas, que sirvan de reflexión previa:

 

·    ¿Siempre las dos partes, cliente y proveedor, tienen el suficiente conocimiento y experiencia para tomar la decisión más adecuada, respecto a aceptar o rechazar el producto?

·       ¿Se tiene en cuenta el impacto real del producto en el mercado, derivado de la aceptación o rechazo del mismo?

·        ¿Es el consumidor final, “sensible” al “incumplimiento del producto”?

·   ¿Se tienen en cuenta los costes asociados a la decisión de aceptación o rechazo? Costes económicos, medioambientales (sí, también), logísticos, etc.


En la gran mayoría de las veces, la respuesta a estas preguntas es NO siendo aquí donde donde adquiere relevancia un concepto fundamental en cualquier actividad: el CRITERIO. Pero, ¿qué es el criterio?

En mi opinión, el criterio se puede definir como: La capacidad de identificar diferentes actuaciones posibles, ante una misma situación planteada, y adoptar aquélla que sea más favorable”, siempre teniendo en cuenta no sólo el destino o uso final del artículo, sino también sus costes asociados.

En consecuencia, para poder tomar decisiones acertadas, se necesita tener criterio, y para tener criterio, es necesario a su vez conocer de forma suficiente lo siguiente:

 

·        Producto o servicio sobre el que se decide.

·         Mercado al que va destinado.

·         Tipo de cliente al que va destinado.

·         Probabilidad de error en la decisión.

Volviendo al ejemplo práctico planteado, “tan malo” (o tan bueno), es un valor de solidez al frote en húmedo de 3/4, como de 4. Si el artículo final a confeccionar con el tejido, es sensible a esta característica de calidad (solidez al frote en húmedo), éste no será apto ni en el caso de valor 4 ni en el caso de valor 3/4. Pero si el tejido final, no es sensible a esta característica de calidad, será aceptable en cualquiera de los dos casos.

 

Podemos generar involuntaria o voluntariamente, un “problema ficticio que va a tener unos elevados costes reales”. En consecuencia, las partes implicadas (cliente y proveedor), deben tener el suficiente conocimiento (criterio), para decidir si el “incumplimiento” correspondiente, puede ser “aceptado” o debe ser rechazado.

 

Por tanto, la decisión definitiva, que es el acto de escoger una opción, entre todas las posibles, dependerá también del criterio aplicado.

No siempre lo que está “objetivamente mal” (al menos en el sector textil moda), puede ser un producto o servicio no conforme, que nos obligue a un determinado reproceso.

En cuanto a los reprocesos derivados de incumplimientos de características de calidad de un producto, éstos SIEMPRE repercuten en sobrecostes económicos y, en la mayoría de ocasiones y especialmente en el sector textil moda, tienen elevados costes medioambientales (que en raras ocasiones se contemplan, por ninguna de las dos partes).

Los reprocesos, tienen también sus consecuencias negativas, veamos algunas:


·  Costes económicos adicionales en reprocesos, en transporte, de gestión, de control (¿sobrecontrol?), etc.

·         Deterioro progresivo del producto, debido al propio reproceso.

·         Entregas fuera de plazo, debido a tiempos adicionales de reprocesado.

·         Tensiones personales entre las diferentes empresas, o entre personas de la misma empresa.

·         Pérdida de productividad, y por tanto de competitividad.

·    Creación de “cuellos de botella” en la cadena productiva y de distribución, debido a las “interferencias”  que se producen en la misma.


Tal vez el lector de este artículo, se sorprenda ante la aparente “permisividad” del mismo, pero no es así, ni es la intención del autor que lo sea. En ningún momento se pretende “subjetivizar lo objetivo”, sino decidir cuál es camino más adecuado, ante una determinada circunstancia.


Lo que se pretende es racionalizar las decisiones, ante determinados “incumplimientos” en función de las consecuencias finales de los mismos. Para ello, es muy importante tener en cuenta:

El Conocimiento técnico del producto o servicio, tanto por parte de la empresa cliente como de la proveedora, así como de su "proceso de fabricación".

La Colaboración positiva entre las empresas, cuando se den situaciones de desviaciones "tolerables" o insensibles por parte del clientes final.

La Comunicación y transparencia entre empresa proveedora y cliente.

El establecimiento de Protocolos de actuación, ante determinados tipos de desviaciones.

El Conocimiento de los costes económicos y medioambientales que los reprocesos representan.


 Invito a todos los lectores de este artículo, a valorar positivamente los Sistemas de Gestión de la Calidad, como herramientas útiles, capaces de mejorar continuamente la calidad de los productos y servicios generados por las organizaciones, así como sus costes (económicos y medioambientales), y por tanto también su rentabilidad y competitividad.

Pero un Sistema de Gestión, no es un sistema cerrado, sino todo lo contrario. Gestionar es “tomar decisiones adecuadas, a partir de una información previa fiable, en base a la aplicación de unos criterios sólidos”. También me gustaría resaltar, la necesidad de valorar las consecuencias medioambientales que determinadas decisiones pueden conllevar. En el sector textil, reprocesar una pequeña desviación de color en un tejido, conlleva en la mayoría de ocasiones un elevado consumo de energía, de productos químicos y de miles de litros de agua.

La reflexión final, es la siguiente: 

Nuestras decisiones, no sólo tienen un impacto en la calidad del producto o servicio en cuestión, sino también en los costes económicos y medioambientales asociados

¿Aplicamos el mejor criterio en cada caso?


Antonio Solé Cabanes

Ingeniero Industrial Textil, Máster en Prevención de Riesgos Laborales, ISO 9001 Lead Auditor.

Vocal del Comité de Industrias de la Moda, en la Asociación Española para la Calidad.

Miembro de la Asociación de Técnicos de la Industria Textil y de la Asociación Española de Químicos y Coloristas Textiles.

Consultor y Formador, experto en Tecnología Textil, Sostenibilidad y Gestión de la Calidad.

Contacto:

asole@asolengin.net

www.asolengin.wordpress.com

www.linkedin.com/in/asolengin

https://twitter.com/asolengin

 

 

Este artículo corresponde a una serie de colaboraciones que he solicitado a diversos compañeros y profesionales que desarrollan su actividad en distintas áreas de la gestión empresarial y que han accedido (creo y espero que encantados) a redactar para mi blog una serie de artículos exclusivos. El objetivo final es ampliar y compartir nuestro conocimiento.

 Como profesional sé el tiempo que se dedica a crear un buen artículo así que mi sincero agradecimiento y un fuerte abrazo para todos ellos.

 Daniel Blanco

 

 



martes, 2 de septiembre de 2014

El “precio” de la calidad

El llamado “precio de la calidad” constituye un factor importante para cualquier directivo, responsable y consultor a la hora de valorar la implantación y mantenimiento de un Sistema de Gestión de Calidad.

Históricamente los llamados estos costes se han dividido en dos grandes apartados: los costes de calidad directamente imputados al proceso de implantación y posterior mantenimiento del Sistema de Gestión de Calidad en una empresa y los costes de la no calidad que abarcan el “daño monetario” que sufre una empresa ante las reclamaciones, desviaciones, repeticiones de trabajos, etc. 

Teniendo en cuenta estas líneas generales voy a intentar dar una visión más clara de ambos tipos:

Los costes de calidad abarcan generalmente:

1.    La persona contratada para la implantación del sistema (sea como trabajador interno o como consultor externo de apoyo –o ambos-).
2.    La realización de acciones formativas necesarias para el conocimiento del Sistema de Gestión por parte de los “actores” de la organización.
3.     La realización de Auditorías tanto internas como las efectuadas por la entidad de certificación.
4.   Las modificaciones de recursos (infraestructura, personal o incluso proveedores) que deben efectuarse para cumplir con los requisitos de la norma de referencia.


Nota. Tanto la realización de acciones formativas como la realización de las auditorías internas suelen ser actividades que, normalmente, los consultores ofrecemos en nuestros presupuestos de implantación o apoyo en el mantenimiento de Sistemas de Gestión. En el presente artículo marco como posibilidad separada pues existen ocasiones en las cuales los “actores” son diferentes.

Este tipo de costes son los considerados por cualquier directivo cuando se plantea la implantación de un Sistema de Gestión de Calidad en su empresa pues son fácilmente valorables (la suma del servicio de consultoría/contratación de personal junto con el presupuesto de la entidad de certificación ofrecen una primera aproximación a la realidad) e integrados en el análisis financiero de la entidad con vistas a adoptar una decisión (su planteamiento y centro de aplicación en cualquier Sistema de Gestión quedó recogido por Crosby en su modelo del cero defectos así como en el planteamiento de la "fábrica fantasma" y el concepto de Calidad Total de Feigenbaum, siendo considerado también en la metodología de Ishikawa).


Por otro lado los costes de la no calidad suelen incluir:

1.      Las “desviaciones internas” en producción o prestación de servicio. Generalmente abarcan los “fallos” en producción o “errores en la realización del servicio” así como las desviaciones de nuestros proveedores (incluyendo los subcontratistas) que conllevan la detección de las no conformidades internas.
2.  Las “desviaciones externas” o reclamaciones de clientes. Pueden conllevar también un “reproceso” del trabajo efectuado (por el cual la empresa ya ha cobrado) como una “perdida” de nuestra credibilidad como organización (en muchas ocasiones en función del tratamiento que haga la empresa de las reclamaciones recibidas).
3.  Procesos de trabajo de baja eficiencia o “francamente mejorables”. El estudio del “funcionamiento” de la empresa abarcando su línea y metodología de trabajo así como el “flujo de información” entre los diversos departamentos de la entidad da pie al perfeccionamiento y mejora (implantación de acciones preventivas) en la planificación de la realización del producto o servicio prestado.
4.    “Pérdida de mercado”. Ante los requerimientos de ciertas entidades de que sus proveedores dispongan de un Sistema de Gestión de Calidad acreditado (ISO 9001, EFQM, etc.) la no implantación y mantenimiento del mismo por parte de una empresa puede reducir sus posibilidades de captar y mantener clientes.



El control y valoración de este tipo de costos es algo más complicado (aunque no imposible) así los costes de reproceso se pueden medir en función del valor de producto o servicio, las pérdidas de clientes ofrecen una facturación de la que no dispondremos (así como los malos comentarios de nuestra empresa que pueden influir en clientes potenciales –algo más complicado de medir-), para el “redimensionamiento” de procesos de trabajo puede compararse la situación actual con la futura ofreciendo una aproximación de los ahorros al implantar nuevas metodologías, equipos, etc. y la pérdida de mercado puede evaluarse en relación a nuestro potencial comercial (también es algo más difícil).


No se debe olvidar el modelo de Deming en relación a nexo entre calidad, productividad y competitividad:

La implementación del ciclo de mejora continúa en una organización (PDCA/implantación y mantenimiento de un Sistema de Gestión de Calidad) ofrecen a las empresas una mejora en la competitividad de sus productos/servicios, reduciendo sus costes, mejorando la productividad lo que conlleva una posibilidad de reducción de precios y elevando su implantación en el mercado lo que conlleva a un incremento de la rentabilidad de la entidad y la necesidad de elevar su personal (políticas de contratación/subcontratación).